Lo cuestionable del sentido de pertenencia

El sentido de pertenencia tiene un lado negativo en la medida que despierta el tribalismo. El tribalismo por su parte es uno de los causantes de nuestros actos más reprochables. 

Una de las razones por la cual el ser humano ha pasado de ser una simple población de homínidos a lograr cierta prosperidad como especie, ha sido gracias al trabajo en conjunto. Paralelamente al desarrollo de la cooperación, también hemos generado un lenguaje complejo, el cual entre otros, nos ha permitido darle explicación a conceptos abstractos. Producto de este lenguaje, hemos sido capaces de construir un sentido humano relacionado con la pertenencia a un específico grupo. 

Los humanos hemos sabido aprovechar esta capacidad de crear sentido a partir de relatos comunes y nos hemos ido organizando en grupos. El concepto de  civilización tal como lo entendemos, no habría sido posible sin el trabajo conjunto de diversos individuos. Uno de los mecanismos por el cual este trabajo en conjunto pudo funcionar, fue el intento de creación de una identidad colectiva.  

A través del uso de recursos retóricos, la apropiación de símbolos, o incluso haciendo uso de la fuerza como un agente alienante, la masa termina identificándose con respecto a una colectividad. Desde un punto de vista positivo, el sentido de pertenencia hace que una masa trabaje de forma consistente por el progreso de los suyos. Además, este concepto también es un fuerte aliciente psicológico, el sentido de pertenencia combate los problemas relativos a la soledad, o la falta de propósito en la vida;  aspectos que se ha evidenciado como agentes causantes del deterioro emocional. 

Pertenecer a algo también tiene una relación con ciertas prácticas que ayudan a mover estas emociones.  Asuntos como el himno nacional para los nacionalistas, una sesión de adoración para los cristianos, la canción favorita de una banda en particular o el grito de gol para los amantes al fútbol. El rito es una base fundamental de la construcción de una identidad colectiva; así sea que ésta cumpla su misión durante solo unos minutos.   

Planteaba Michio Kaku en su obra“El futuro de nuestra mente”, una manera de entender la conciencia desde un punto de vista gradual. Esta idea parte de ciertos postulados de la neurología que identifica tres tipos cerebros: el cerebro reptil, el sistema límbico y la neo-corteza prefrontal. Se plantea que el sistema límbico  es el encargado de la identificación de los unos con los otros, aspecto que no solo se da en los humanos sino en otras especies también. Por ello existen las manadas o los cardúmenes. La capacidad de relacionarnos e identificarnos no es única en los seres humanos, sus raíces se hallan en aspectos instintivos y he ahí lo peligroso del asunto. 

Propene Steven Pinker (la tabla rasa) la existencia de una naturaleza humana. Entre los componentes de esta naturaleza, está la búsqueda de relacionarnos e identificarnos con los otros. Posiblemente esto es producto de la necesidad de crear vínculos que puedan aportar a la supervivencia del grupo y de los individuos. 

Se propone pensar que el problema del mundo no son las ideas per sé, sino que somos los humanos cuando nos vinculamos irracionalmente con estas ideas. 

 Este aspecto es gradual, algunas sociedades tienden a ser más individualista que otras, pero el tribalismo es una característica presente en la mayoría de los grupos humanos.  El problema con el tribalismo, es que la identificación de los “nuestros” hace necesaria la definición de la “otredad”, por ende es esencial entender los criterios que cada grupo determina para decidir quién pertenece o no al grupo. 

El cerebro tiene la tendencia de hacernos reconocer quienes son los nuestros, guiados por asuntos pocas veces racionales, elegimos nuestro círculo afectivo de una manera casi que instintiva . Pero en su lado oscuro, el tribalismo también es una de las causas de las múltiples desgracias que se ha visto en  la humanidad. 

 

 

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Ku Kux Klan es un ejemplo del desprecio hacia la otredad.

El tribalismo obtiene su nombre de aquel tiempo en el cual los seres humanos nos organizabamos en sociedades de cazadores y recolectores. En este contexto y ante pocos recursos,  las diferentes tribus que se hallaban en un territorio se veían envueltos en constantes fenómenos de violencia para poder controlar las limitadas fuentes de alimento. Vale la pena añadir que las estructuras de cazadores-recolectores fueron la regla hasta que emergió la agricultura y dio a paso a sociedades con mucha mayor población que obligó la reconfiguración de  nuestro comportamiento.  

La lógica del tribalismo estriba en el “nosotros contra ellos”, y esto es precisamente una de las raíces de los conflictos más importantes que hemos tenido en este planeta. En tiempos de crisis los humanos tendemos a buscar más fácil a los culpables, por encima de las razones por las cuales se generó el problema, aspecto donde se recurre a un atajo de culpabilizar a una población concreta, especialmente la que representa la otredad.  

De una manera simplificadora solemos creer que el problema de los humanos se halla en asuntos externos, es decir, el problema es la religión, la política, las naciones, el color de piel o el sistema económico. La violencia que ha tomado parte en la humanidad ha usado estos elementos, pero la violencia es un asunto tan universal que nos hace buscar el problema en nosotros mismos. Se propone pensar que el problema del mundo no son las ideas per sé, sino que somos los humanos cuando nos vinculamos irracionalmente con estas ideas. 

Deshumanizar al otro, es un camino que se inicia  a través de la percepción que estamos en el lado correcto de la historia.  

Es contradictorio pensar que una religión como el cristianismo que tiene entre sus principios el no asesinar, se haya usado a través de instituciones como el vaticano o algunas confesiones protestantes, para las matanzas y violaciones de derechos humanos en diversos lugares del planeta.  En estos casos, se evidencia que lo importante no era sostener las enseñanzas del cristianismo como por ejemplo: “dar la otra mejilla”, sino que lo que se buscaba era mantener vivo este sistema de creencias llamado cristianismo; sin importar que se violen todos los códigos expuestos en su libro. 

El tribalismo o el sentido de pertenencia también actúa con su capacidad de llenar el vacío existencial a los seres humanos. En esto ha servido especialmente la política y la religión, quienes les han dotado de un significado a las vidas de millones de humanos. Estas personas  al verse aferradas a estos ideales como su motor de existencia, ingresan a la vacía búsqueda de perpetuar eternamente su visión del mundo, a veces sin desestimar la violencia. 

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Putin, Trump, Xi Jinping, exponentes de tres diferentes tipos de tribalismo

Desde su punto de vista, sus acciones son loables o se les puede exonerar de su  culpa debido a que están cumpliendo con una especie de objetivo supremo que trasciende toda individualidad. Actos miserables van a encontrar su justificación precisamente por este tribalismo. El Estado Islámico consideraba sus métodos correctos y hay quienes justifican estos actos de terrorismo en pro de defender una causa más elevada como es  imponer su versión del Islam.  

El sentido de pertenencia hay que saberlo entender, ya que puede ser positivo en la medida que ayuda a luchar por objetivos comunes, la mayoría de ellos inofensivos. Por otro lado, es importante tener un ojo en su peligrosidad, ya que el sentido de pertenencia es capaz de despojarnos de la empatía cuando vemos al otro individuo por fuera de nuestro círculo de identidad. Deshumanizar al otro, es un camino que se inicia  a través de la percepción que estamos en el lado correcto de la historia.  

Nos resta  pensar que este asunto de construir identidades colectivas o reforzar la creencia que estamos en el lado, religión, pensamiento política o ética correcta, puede ser cuestionable. Esto nos hace perder esa autocrítica que justifica a la larga una insensibilidad en la que todos estamos involucrados. La única solución es seguir aumentando nuestro círculo de empatía, hasta el punto que nuestra identidad se entienda más como especie más allá de la religión, color de piel o ideales políticos.   

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