Las trampas de la nostalgia

Un elemento común entre los humanos se encuentra en el sentimiento de nostalgia. A medida que la vida transcurre y recolectamos recuerdos, mientras vamos olvidando otros en el camino, el sentimiento de añoranza al pasado puede emerger en cualquier momento. Aquella sensación que nos habla de  un pasado idílico, no necesariamente indica que aquel recordado tiempo fuera en verdad la mejor de nuestras etapas.

A través de los estudios de la mente e impulsados también por la neurociencia; se ha podido verificar aspectos tales como: los falsos recuerdos, la disonancia cognitiva, la proclividad a los sesgos, entre otros aspectos de nuestra también irracional mente. El impacto de estos descubrimientos ha cuestionado también el modo en que los humanos registramos y evaluamos nuestro pasado.

Uno de los puntos más importantes es entender que nuestra memoria no es del todo fiel a lo vivido, por lo tanto nos puede llevar a malinterpretaciones sobre nuestra realidad pasada. Daniel Kahneman en su obra “Pensar rápido pensar despacio” plantea precisamente la existencia de dos mentes que van evaluando la vida, el “yo que vive” y el “yo que recuerda”.

El autor entiende que parte primordial en la construcción de una identidad personal, se da en la medida de la valoración que le damos a nuestra vida y a nuestro pasado. En cierto modo hemos ido recolectando recuerdos, aprendizajes y decisiones que  hacen parte fundamental del comportamiento del ser que somos en la actualidad. 

Durante la obra de Kahneman, el autor nos introduce a la idea que nuestra mente no opera racionalmente en todas las decisiones y acciones que realizamos a diario. Lo anterior se presenta incluso en aspectos donde consideramos que solemos tomar las decisiones más inteligentes.  Aplicando dicho conocimiento al problema que se plantea en este texto, nos introducimos a la discrepancia entre el “yo que vive” y el “yo que recuerda”. 

Para entender la diferencia entre ambos conceptos podemos pensar por ejemplo en el proceso de escalar una montaña. Se puede pensar que durante el trayecto el “yo que vive” se encuentra en una clara situación de incomodidad. El adverso clima, el cansancio natural producto de avanzar metros e incluso la escasez de ciertos elementos que consideramos propios de una vida confortable van haciendo difícil la experiencia. 

Al momento de llegar a la cima de la montaña, especialmente en el punto donde el “yo que recuerda” actúa de mejor modo, la mente decide quedarse  con la sensación de gozo y felicidad producto de lograr el objetivo. Si miramos todo el proceso desde un punto de vista lo más objetivo posible, podríamos pensar que durante toda la experiencia que involucra subir la montaña (contando el inicio, alcanzar la cima y luego regresar), la mayor parte del tiempo no se vivió ninguna sensación de júbilo ni posiblemente de bienestar. 

En cambio, si la totalidad de la experiencia la midieramos en cuestión de una medida objetiva de tiempo, la mayor parte de las horas del proceso se vivió en un estado de tensión, cansancio e incomodidad que solamente fue superado por el júbilo de alcanzar  la montaña. Esto se suma a otro sesgo importante acuñado por Kahneman y es el del “Olvido de duración”. Como su nombre lo indica, nuestra mente es muy capaz de hacer olvidar grandes periodos de tiempo, especialmente si estos no involucran una intensidad emotiva. 

El mismo ejemplo se puede aplicar en el tema de una relación de pareja. El “yo que recuerda”, quien es  uno de los ejes fundamentales a la hora de tomar decisiones, tiene una predisposición mayor a recordar los eventos de mayor intensidad emotiva. Es decir, el ser humano tiene la tendencia de preferir recordar momentos particulares con alta carga emocional por encima que por ejemplo, una relación moderadamente estable por un  largo periodo tiempo.

Cabe añadir que estos sesgos no son esencialmente malos, en algunos casos pueden ser utilizados de manera positiva como por ejemplo en el mundo del emprendimiento. Las largas horas de trabajo, claramente muchas de ellas cargadas con estrés y problemas, pueden ser olvidadas a través del poder de ver una obra completada, este olvido de duración nos ayuda también a buscar una superación y enfocarnos en la consecusión de objetivos. 

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Daniel Kahenman, autor de “Pensar rápido pensar despacio”

Debido a estos naturales sesgos, una de las trampas de la nostalgia es precisamente la mala interpretación del pasado. En ese orden de ideas podemos sobrevalorarlo creyendo que determinado tiempo fue significamente mejor que el presente, pero después de un análisis más frío podríamos caer en cuenta que estamos equivocados. Claramente hay casos donde el pasado fue objetivamente mejor (casi que cualquier persona de Venezuela o Siria tiene la razón al decir que hace 10 años su vida era mejor), pero más adelante tocaré este tema.  

Una de las grandes trampas de las  que se sirve la nostalgia es que se enfoca específicamente en un recuerdo particular sin entender el contexto. Nuestra memoria falla a la hora de  recordar e interpretar la realidad en su complejidad y queda totalmente limitada a recuerdos particulares (especialmente aquellos que responden al sesgo de intensidad emotiva), dando de esta manera inicio a una erronea interpretación del pasado. 

Para nosotros es difícil recordar por ejemplo cuáles eran las mayores preocupaciones o emociones  que teníamos el 17 febrero de 2017. Se hace difícil por ejemplo determinar cuál era nuestra realidad exacta teniendo en cuenta factores como la situación económica, relaciones interpersonales, proyectos, frustraciones, necesidades emocionales, desarrollo profesional, entre muchas otras variables que determinan la vida humana.  Al no ser que haya un tipo de recuerdo emotivo con aquella fecha (puede ser el día de la graduación, cumpleaños o muerte de la madre) lo más seguro es que la mayoría no nos acordamos especialmente de cuáles eran los dolores, aflicciones y alegrías de aquel particular momento.  

Este aspecto de la nostalgia que se centra especialmente sobre el recuerdo particular por encima de lo general es otra de  sus grandes trampas .Por otro lado, la capacidad de olvido tan natural en nuestro cerebro es claramente una posibilidad para que el pasado sea maquillado y por ende caer en el engaño de querer virir un tiempo que posiblemente desde un punto de vista más amplio, fuera peor que el presente. 

Es decir, el ser humano tiene la tendencia de preferir recordar momentos particulares con alta carga emocional por encima que por ejemplo, una relación moderadamente estable por un  largo periodo tiempo.

Un ejemplo que puede ayudar a comprender cómo opera este mecanismo se da en lo siguiente: 

Imagina que  estás caminando por las calles de una ciudad y de repente te encuentras con un parque que te recuerda un momento feliz con una anterior pareja. Claramente el sentimiento de nostalgia va a aparecer y según las condiciones actuales podrías actuar con base a esa emoción. Decides buscar de nuevo a tu anterior pareja, fuertemente impulsado por el recuerdo producto del parque, pero en esta situación claramente fuiste víctima de la trampa de la nostalgia. 

Lo primero que hay que tener en cuenta es que aquel bello recuerdo no representa la totalidad de la relación. Que nuestro cerebro haya decidido almacenar aquel recuerdo con una carga emotiva positiva, no significa que toda la cotidianidad de la relación haya sido buena. 

El problema no radica en sentir la emoción ya que es algo natural, el problema está en las acciones que podemos tomar con base a ello.  Víctimas de la nostalgia podemos recurrir a una especie de autoflagelación y simplemente se desea irracionalmente volver al pasado con aquella persona.  Al olvidar el contexto y basarnos en el suceso, nuestra evaluación de la vida queda completamente sesgada, especialmente si se piensa que volviendo con aquella persona se tendría una mejor vida, esto es producto de basarnos únicamente en el recuerdo del parque. 

 La vida se va en un constante juego donde no todas nuestras condiciones mejoran o empeoran a la par, la existencia es una dinámica donde constantemente estamos perdiendo o ganando algo y aferrarnos con nostalgia a un aspecto particular que perdimos es una muy poderosa trampa.  

Dado lo anterior es claro que normalmente encontraremos un momento de la vida donde la nostalgia nos va a embargar. Cualquier forma que active esa adoración del pasado actuará en nuestra psique y su real peligro es que nos lleve a tomar malas decisiones.  Es imposible controlar que la nostalgia aparezca, lo que sí podemos hacer es tratar de entenderla mejor para que esto precisamente no nos lleve a tomar acciones que a la larga nos pueda afectar. 

Una de las primera recomendaciones es tratar de recordar las condiciones generales de vida que teníamos en aquel determinado momento al  que queremos volver. El ejercicio se vuelve más complejo (del mismo modo más necesario) cuando la invitación es a recordar las cosas que nos afligían, que nos dolían y que nos lastimaban durante ese mismo periodo al que la nostalgia nos transporte. La invitación es a ver la realidad especialmente en los asuntos en los cuales nuestra vida ha mejorado y entender precisamente la vida como es juego de perder y ganar constantemente. 

  La vida se va en un constante juego donde no todas nuestras condiciones mejoran o empeoran a la par, la existencia es una dinámica donde constantemente estamos perdiendo o ganando algo y aferrarnos con nostalgia a un aspecto particular que perdimos es una muy poderosa trampa.  

Ahora bien, cuando ya hablamos de una realidad que era objetivamente mejor en el pasado, es decir, que somos víctimas de una tragedia que simplemente nos dejó en una r peor situación de nuestra existencia, solo podríamos apelar a un salvavidas. Este es pensar que la realidad objetiva del presente, (la cual es claramente es  peor que la realidad del pasado) también será vista con nostalgia desde algún punto de vista en el futuro.  

La nostalgia no es un indicador claro de que nuestra vida ha mejorado o no, la nostalgia es un indicador de un pasado que ya no volverá . A la final la nostalgia es un recordatorio que nuestra vida ha continuado, que hay horas, semanas o meses que jamás volverán, ese tiempo ahora  solo existe en el limitado y sesgado poder del “yo que recuerda”. 

 

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