El abrazo al autoritarismo

Cuarta entrega de los sucesos más importantes de la década que termina. Esta vez hablaremos de cómo el mundo abrazó de nuevo al autoritarismo. El populismo de derecha, el nacionalismo y la antiglobalización como los ejes de este nuevo giro.

En las democracias occidentales el discurso de la globalización estaba gozando de cierto éxito. Más allá de las críticas propias de intelectuales sobre el cómo se estaba gestando este proceso, la idea tuvo un beneplácito en diferentes sectores. La globalización nos había permitido acercarnos a otras culturas y había sido una de las causas del crecimiento económico en la mayoría de los países (especialmente países en vías de desarrollo o pobres).

Para los países ricos trajo también niveles de vida que no habían gozado sociedades enteras a través de la historia. Ciertamente una generación de afortunados se gestó en dichas naciones en los años post guerra. A este nivel de mejoramiento de vida se le agradeció en un principio a la globalización, democracia o libertad. Pero ningún suceso en la historia humana se escapa de haber generado otros problemas; y por supuesto el dominio de las democracias liberales traerían los suyos.

Vale la pena aclarar que hablamos de una parte del mundo y no su totalidad. En otras sociedades las discusiones sociales iban sobre otros caminos. Más allá de ello, uno de los claros afectados que dejó la globalización eran los sectores rurales, más pobres y menos educados de los países ricos. Desde ahí, también se dieron críticas a una globalización que se había llevado las fábricas y trabajos de sus pueblos, para que se asentaran en otros países más baratos para las compañías.

Putin como representante del moderno autoritarismo ruso. via Getty Images)

Mientras que en occidente la democracia liberal ganaba adeptos, otras sociedades decidieron optar por un autoritarismo. En Rusia desde el año 2000 Vladimir Putin ha ejercido su poder con claras muestras de opresión a grupos como: disidentes políticos, testigos de Jehova, comunidades LGBTI minorías étnicas. Independientemente de ello, Rusia ha cumplido un rol importante en la geopolítica de estos años, cumpliendo así su papel de potencia que se creyó perdido después de la caída de la Unión Soviética.

Desde ahí, también se dieron críticas a una globalización que se había llevado las fábricas y trabajos de sus pueblos, para que se asentaran en otros países más baratos para las compañías.

El autoritarismo de Putin se respalda con un masivo apoyo popular. El presidente ruso ha actuado con una lógica en donde su inteligencia y poder militar han logrado objetivos tan dispares como anexionarse a Crimea (en una un jugada de guerra como las de antaño). También pudo interferir en las elecciones estadounidenses en 2016; algo que no se habría creído si se leyera en 1991. Su estilo ha sido aprobado por algunos gobernantes alrededor de mundo. Trump muchas veces ha mostrado su nivel de admiración sobre el poder que tiene un presidente, quien realmente ha actuado más como un Zar.

Por otro lado, la China de Xi Jinping de la cual ya hablamos anteriormente, puso sobre la mesa una idea que ha chocado con los valores de la democracia liberal. China demostró que no necesita ser una democracia (por sus tendencias dictatoriales), para poder ser una nación próspera. La estabilidad que genera una dictadura les ha permitido plantearse proyectos a largo plazo, que generó en las últimas décadas el milagro chino (el mayor paso de pobreza extrema a clase media en el mundo).

Hay algo más para decir de Putin y Xi Jinping y es que ellos no han tomado esos valores universales o cosmopolita de las democracias liberales. En sus discursos, el nacionalismo todavía es algo muy importante, siendo la base de la política de identidad de sus países. En Europa se evidencio con dos guerras mundiales los peligros que pueden llevar los nacionalismos, pero Rusia y China han aprendido de esos errores y construyen sus discursos nacionalistas con miras a un control más estratégico que de exterminio a otra población.

Independientemente de ello, Rusia ha cumplido un rol importante en la geopolítica de estos años, cumpliendo así su papel de potencia que se creyó perdido después de la caída de la Unión Soviética.

Denunciar los problemas de la democracia y apelar a los nacionalismos no parecía una agenda exitosa para ganar elecciones en Estados Unidos, Inglaterra o dentro de la Unión Europea. Pero esta década lo cambió todo. 2016 fue un año clave para esta situación con dos victorias que los expertos habían fracasado en predecir: gana el Brexit y gana Trump.

El Brexit como el punto de inflexión

El Brexit fue una cachetada a uno de las instituciones más ambiciosas creadas en estos tiempos de paz para los europeos. La Unión Europea se había construido entre otros para garantizar la paz en unos estados que vivían en una constante guerra. Por otro lado, se partió de valores universales de libre movilidad y comercio, creando un bloque económico en el cual Reino Unido siempre tuvo un tratamiento especial manteniendo su moneda: la libra esterlina.

En medio de las elecciones en la cual se instauró un referendo donde estaban las opciones de mantenerse en la UE o salir, la noticia dio la vuelta al mundo cuando Reino Unido decidió separarse. Las consecuencias de esto fue un terremoto político que ha pasado por arduas negociaciones entre británicos y europeos. David Cameron dejó el poder poco después del Brexit, Theresa May intentó unos acuerdos que a la final no dejaron contento a nadie y el actual primer ministro Boris Jhonson optó por una salida dura.

Recordemos que antes del Covid, el Brexit era quizás el tema político más importante en Europa. Aquello representó para muchos el reintegro de un discurso que al parecer se había perdido en el viejo continente: el nacionalismo. Los británicos determinaron (por una estrecha ventaja, todo hay que decirlo) que podían seguir el camino por ellos mismos y no necesitaban el control de la Unión Europea.

El Brexit fue una cachetada a uno de las instituciones más ambiciosas creadas en estos tiempos de paz para los europeos. La Unión Europea se había construido entre otros para garantizar la paz en unos estados que vivían en una constante guerra

Esto fue una especie de efecto cascada que se vio en otro países de Europa en los siguientes años. Macron venció en unas reñidas a elecciones a Marine Le Pen, la cual estaba abogando por ideas nacionalistas y en especial anti migratorias. España vio el nacimiento del movimiento VOX, en Italia apareció La Liga y su extraña alianza con el movimiento 5 estrellas. El populismo de derecha entró en escena ganando adeptos al interior de la política europea y el nacionalismo se volvió a impulsar con casos como los de Viktor Orban en Hungría.

Hace unos años una victoria de Trump o Bolsonaro no era esperada. Ambos supieron capitalizar las emociones y resentimientos dentro de sus sociedades.

El triunfo de Trump fue una victoria sumamente inesperada, su camino a la presidencia por mucho tiempo no fue tomado enserio. Donald partía de su personalidad abiertamente hostil hacia otras comunidades (latinos o musulmanes), estar en contra de lo políticamente correcto, un discurso anti globalización y la reivindicación de una idea nacionalista “Make America Great Again”. Acá por supuesto lo que importaba era la grandeza de una nación más la promesa de la creación de empleos y el regreso de las fábricas. Aquellas comunidades rurales, evangélicas y pobres (perdedoras de la globalización) de Estados Unidos fueron una de las claves de su triunfo ante Hillary Clinton.

A nivel global aparecieron más personajes polémicos, representantes del típico hombre fuerte que muchos países pensaron que eran necesario en estos tiempos. Bolsonaro ganó en Brasil con discursos catalogados de machistas u homofobicos. El ex militar brasileño supo capitalizar el desencanto que había con el partido de los trabajadores (Dilma y Lula) y con un discurso no tan nacionalista pero si homogenizador prometió un Brasil que borraría el legado de la izquierda brasil.

En Filipinas se eligió a un personaje particular como lo fue otro ex militar: Rodrigo Duterte. El pensamiento del actual mandatario filipino si rompe con los esquemas de las democracias liberales a la hora de cuestionar las ideas fundamentales de derechos humanos. Llegó a la presidencia prometiendo orden y sobretodo con una política antidroga donde se ha rayado con la locura de darle pie a la fuerza pública de matar libremente a consumidores y productores. Por otro lado, la amenaza del Estados Islámico también le ha dado argumentos a Duterte a fortalecer su discurso contra la otredad.

Rodrigo Duterte

Narendra Modi representa en la India un tipo de liderazgo que es peculiar, esta vez el eje no es tanto el nacionalismo sino más bien religioso. Modi se presenta como el continuador de la búsqueda de una India que solo sea hinduísta. Esto por supuesto genera tensión en la minoría musulmana del país (una minoría de casi 200 millones de personas) además de acrecentar su conflictiva relación con su vecino Pakistán.

El desencanto con la globalización, las desigualdades, la falta de sentido de transcendencia que proviene con el individualismo, la migración, el rechazo a la otredad. Todas estas pueden parecer causas de un fenómeno que se repitió en diversas partes del mundo, con diferentes razones el planeta decidió abrazar al autoritarismo. Por ahora no conocemos bien sus causas y menos sus consecuencias, pero debemos tener en cuenta que esta no es la primera vez que pasa. En los años de 1980 se vivió una situación similar con personajes como Reagan o Tatcher, el mundo no se ha acabado por esto, pero si ha puesto algunos problemas difíciles de resolver.

Esta búsqueda humana hacia modos de vida más primitivos, aquellos donde deambulábamos como hordas bajo el poder del tipo duro y violento nos puede también hablar de nosotros mismos como especie. A espera de los cambios que se avecinan con la nueva y ya convulsionada década de los 20’s, entendemos que esta abrazo al autoritarismo es uno de los eventos más importantes de la década de los 10’s.

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